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ASALTAR LOS SUELOS

30.12.16 - Escrito por: Javier Vilaplana Ruiz

Al comenzar dos mil dieciséis aún quedaban esperanzas de que podría haber sido ser el año en que, sin necesidad de asaltos más allá de los estrictamente democráticos, gran parte de las personas que ha visto cómo su existencia quedaba reducida a una mera metáfora de ciudadanía podría alcanzar el cielo.

Aún a pesar del lirismo de la expresión popularizada por Marx (quien la habría tomado del poeta romántico Friedrich Hölderlin), tomar el cielo también encierra un paradójico y evidente componente épico que nos sirve para engrandecer nuestras vidas y para demostrar, una vez más, que la palabra es un arma cargada de futura.

Lo que ha ocurrido en dos mil dieciséis es bien sabido: todo y nada. La política de nuestros días ha sido solo un espejismo, un rosario de eslóganes y actuaciones gaseosas, entendidas éstas tanto como expresión sucedánea y heredera de las tesis de Bauman -un estado más allá de la vida líquida, es decir, de la vida precaria, vacua y en constante incertidumbre-, como un ejemplo de ese refresco carbonatado que luego de muchos aspavientos y efervescencias, queda en nada, apenas un sustituto vulgar y menor del agua.

Política gatopardesca o lo que es lo mismo, bipartidismo para rato. Fuegos de artificio orquestados cuidadosamente para mirar el cielo como algo espectacular y lejano, imposible de alcanzar. Pan y circo. Sálvame de luxe con infidelidades, besos, traiciones y desengaños en las formaciones políticas. Y el mantra conservador de que "lo serio es ser serios". La vida es sueño y los sueños sueños son.

Sin embargo, como en aquellas "Palabras para Julia" de Goytisolo, es urgente no entregarse nunca, ni apartarse junto al camino, ni decir no puedo más y aquí me quedo. Hay infinitos cielos a nuestro alrededor que se presentan ocultos bajo las más variopintas apariencias y que aún nos quedan, inaplazablemente, por tomar.

Uno de los últimos que se han alcanzado, al asalto de los tribunales, se escondía bajo el irónico nombre de suelo.

El poder financiero -ése que, principalmente, rige nuestros designios- se había preocupado de que en sus préstamos se cumpliera la máxima de que la banca siempre gana.

Para los prestamistas, las leyes del mercado libre son deseables sólo cuando los intereses suben (signo del bello juego de la oferta y la demanda), pero cuando bajan, conviene protegerse de los riesgos de un sistema que es volátil y peligroso, porque los beneficios podrían dejar de ser estratosféricos.

Así, no es difícil ponerse en su lugar y comprender que el pobre diablo que paga una ridícula hipoteca por un minúsculo piso por encima de sus posibilidades (¿cuándo aprenderán los extremistas antisistema que no existe un verdadero derecho a la vivienda?) no entienda lo difícil que resulta para un Consejo de Administración serio tener que hacer balance ante sus respetuosos accionistas y lo compare con la miserable, prosaica y sencilla cuenta consistente en restar, a un salario mínimo, una cuota hipotecaria inflada por una cláusula abusiva, impuesta sin la debida transparencia y oculta entre datos y cifras ininteligibles para el común de los mortales.

Mantener el suelo durante tanto tiempo también tiene su mérito para la banca. Y su premio. Si no que se lo digan a quienes no han podido reclamar la devolución de lo indebidamente pagado o a quienes vieron reducida su devolución a mayo de 2013, como sentenció nuestro patrio Tribunal Supremo, en este caso más comprometido con la defensa de la economía y de una sui generis interpretación de la seguridad jurídica, que con el respeto al Código Civil y a la Justicia.

Europa, la denostada Europa, nos ha vuelto a abrir el camino hacia la emancipación. El poder judicial ha doblegado al todopoderoso capital y sus adláteres, y ha conquistado un nuevo cielo al asaltar los indignantes suelos, fabricados con la misma materia que se hacen las pesadillas, y contra los que se han estrellado tantas familias.


Más palabras para Julia en 2017.

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