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Cuando septiembre llega a Cabra, el aire cambia. Lo saben los que han nacido a la sombra de la Sierra: hay una brisa que no es solo de otoño que se acerca, sino de Madre que baja. Y la Virgen, como cada año, baja a su pueblo.
De esa visita se hablará con razón: del altar levantado con mimo y arte, de las flores que parecen tener también oración, de las palabras del ambón. Pero las hermandades y cofradías no nacieron para guardar un patrimonio ni para organizar actos, por solemnes que sean. Nacieron para acercar a los hombres a Dios y ser canal de su gracia. Por eso, pasado el bullicio, cabe preguntarse lo único que importa: ¿qué ha hecho Dios en nosotros, por medio de su Madre, durante estos días?
Hay una contabilidad que no figura en ningún programa de actos: la de la Providencia, que siembra sin ruido. Se ha sembrado conversión, en quien llevaba años lejos del confesonario y encontró ante María el valor que no hallaba en sí mismo. Se ha sembrado el rechazo del pecado, esa decisión callada de empezar de nuevo. Se ha sembrado reconciliación, en hermanos que entendieron que no se puede ser hijo de tal Madre y vivir enemistado con un hermano. Podemos imaginar a una mujer mayor que cada tarde cruzó la nave con paso lento, solo para sentarse ante la Señora, o a un hombre que entró «solo a mirar el altar» y salió buscando un sacerdote. Así trabaja la gracia: con la delicadeza de quien no quiere asustar.
Si hubiera que elegir una cifra, sería esta: más de diez mil comuniones. Fue el dato que llegó a mis oídos y me hizo reflexionar y ponerme a escribir estas palabras. Diez mil veces el «Amén» de un pueblo que cree; diez mil veces el Dios del cielo hecho pan entrando en la casa pobre de un corazón humano. La Virgen es el dedo que señala, la Madre que, como en Caná, avisa: «No tienen vino». Y aquí ha servido el mejor vino, la Eucaristía. Cada fiel que comulgó salió convertido en sagrario viviente, llevando a Cristo a las casas, a los trabajos, a las mesas de familia. Cabra entera ha sido una procesión silenciosa de sagrarios caminando.
Y está la luz: más de setenta mil velas a los pies de la Virgen. Una, súplica por un enfermo; otra, acción de gracias por un hijo que volvió o un diagnóstico que dio tregua; otra, memoria de un ser querido que ya vive en la casa del Padre; otra, solo un nombre y unas lágrimas. La cera se consume, como toda oración verdadera, que es un poco de vida que se entrega. Pero setenta mil veces alguien dijo, sin decirlo: «Madre, aquí te dejo esto; tú lo sabes; llévaselo a tu Hijo».
Así, el templo de la Asunción y Ángeles ha sido lo que está llamado a ser: un puente entre Cabra y el cielo, por el que subieron las súplicas y bajó, generosa, la gracia. Su nombre lo anuncia: la Madre llevada al cielo y los ángeles que van y vienen entre Dios y los hombres.
Más que un balance, esta crónica es una acción de gracias. Gracias, Señor, porque esta vez nos buscaste por el camino de tu Madre. Gracias, Virgen de la Sierra, por recordarnos cada año que tenemos Madre. Gracias a cuantos, sin que nadie lo supiera, rezaron, sirvieron, abrieron y cerraron las puertas, confesaron y acompañaron.
Cuando la Virgen ya ha regresado a su Sierra, que el altar queda recogido, el Sagrario del corazón siga abierto; que las velas se apaguen, pero que la oración permanezca encendida; y que el puente tendido entre Cabra y el cielo no se retire jamás.
Porque la verdadera visita de la Virgen no termina el día en que se marcha. Comienza el día en que Cristo, recibido en ella y por ella, empieza a vivir de verdad en nosotros.
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