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05.05.26 CULTURA Y CIENCIA CENTENARIO

Geólogos, Sabios y Hortelanos: El día que el mundo descubrió los tesoros de la Sierra de Cabra a través de las páginas de La Opinión

Antonio Ramón Jiménez. Cronista oficial de Cabra

Imaginemos que podemos cruzar las puertas de los pasillos del «Ministerio del tiempo» y atravesando una de ellas, retrocedemos al 15 de mayo de 1926. En el corazón de la Subbética cordobesa, la paz habitual de la Sierra de Cabra se vio interrumpida por un acontecimiento sin parangón. No se trataba de una visita oficial más; ese día, nuestra ciudad se convirtió en el epicentro de la geología mundial. Una «embajada de sabios» cruzó los caminos de herradura, transformando el paisaje rural en un foro internacional de ciencia. Aquel día, el conocimiento académico y la tradición popular se fundieron en un abrazo que quedó recogido en las páginas de La Opinión y en otros relatos que nos llevan a la celebración de este centenario que se cumple en estos días.

El orbe en el Picacho: trece naciones, una ciudad entera y la romería de hortelanos en una jornada histórica en la Sierra
Desde hacía varios meses se venía hablando de ello, nos imaginamos el revuelo en todos los ambientes de la ciudad preparando y comentando la que se estaba organizando. Una de las excursiones del XIV Congreso Geológico Internacional, el único de su tipo celebrado en España, vendría hasta Cabra y subiría a la Sierra por su gran valor geológico. Lo que hoy se resolvería con satélites o drones, en 1926 fue una proeza: reunir en la Sierra de Cabra a expertos de 13 naciones de Europa y América. Había que subir a lomos de caballería y aún no se había construido la carretera al Santuario. Todos los preparativos fueron pocos.

Científicos de Alemania, EE. UU., Finlandia, Hungría, Holanda, Rumanía, Noruega, Suiza, Francia, Inglaterra, Cuba, Checoslovaquia y España se dieron cita en este rincón andaluz al que muchos, gracias a don Juan Carandell, consideran el Centro Geográfico de Andalucía. Aunque la diversidad era asombrosa, las crónicas de Ayala-Carcedo nos recuerdan el peso intelectual de la vieja Europa, con un marcado predominio de geólogos franceses y alemanes. Resulta fascinante reflexionar sobre lo inusual de esta concentración intelectual en una zona agrícola de principios del siglo XX; la expedición no solo puso a Cabra en el mapa de la ciencia global, sino que convirtió sus riscos en un laboratorio vivo donde se hablaban múltiples lenguas con un objetivo común: desentrañar la historia de la Tierra. El papel jugado por nuestro centenario e histórico instituto, el antiguo Real Colegio de la Purísima y profesores del Aguilar y Eslava, fue también decisivo, lo mismo que la colaboración institucional del Ayuntamiento o la Archicofradía de la Virgen de la Sierra. Todos a una, consiguieron logar algunos de los objetivos marcados que, a la larga, darían sus frutos en no pocos sentidos y, desde luego, siguen teniendo su eco en la conmemoración del centenario que estamos celebrando.

Científicos y hortelanos, dos mundos en una celebración
Una de las coincidencias más curiosas fue la de la celebración del congreso con la Romería de Hortelanos en aquel día de San Isidro de 1926. Este encuentro produjo escenas de una humanidad desbordante, donde los «sabios» convivieron con los hortelanos egabrenses y sus familias en el mismo patio del Santuario. Ciencia, devoción y fraternidad se dieron la mano en el histórico claustro engalanado para la ocasión, mientras en el entorno de los Miradores, ondeaban las grandes banderas de los países de los participantes en tan magno acontecimiento.

Como recoge La Opinión, uno de los episodios más curioso fue el que protagonizaron los congresistas a su llegada, siendo recibidos por los hortelanos y hortelanas que daban la bienvenida a la comitiva científica.

Así lo recoge el cronista de La Opinión:
«Al llegar al Santuario, un grupo de caballeros extranjeros de los del Congreso, un hortelano se acercó a ellos, les saludó colocando en sus manos un ramo de flores, jamón, salchichón, pan y, por último, una gran bota de vino exquisito.
?Beba usted, amigo, beba usted?.
El extranjero, que era norteamericano (el estadounidense Marcus I. Goldman, del U.S. Geological Survey), cogió la bota; mas indeciso, interrogaba con la mirada a uno y otro lado sin comprender lo que era aquello ni para que se la daban.
Entonces otro hortelano, cogió nuevamente la bota, echó vino en un vaso y se lo ofreció al caballero congresista, que bebió, brindó y dio las gracias en francés.
Apercibidos los extranjeros de ello, pidieron otra vez a los hortelanos la bota, la empinaron y bebieron a chorro como los otros. Aplausos ruidosos arrancaron en las masas el acto fraternal de los señores congresistas»
.

En el ascenso por las Revueltas, un científico suizo (no sabemos si el Dr. Blumenthal o el filósofo Rodolphe Staub, pues fueron los dos suizos que subieron al Picacho), quitó al arriero Antonio Reyes su sombrero cordobés y se lo puso. El científico colocó al hortelano su mascota suiza y cuando fueron a entrar al Santuario, Reyes intentó descubrirse mientras que el suizo insistió en que debían entrar con el sombrero y la mascota puestos, haciendo su entrada de tal guisa que «arrancó aplausos y vivas».

Este momento que recogía La Opinión como un ejemplo de fraternidad, muestra algunos de los episodios que parecen sacados de una novela y que realmente captaron aquel encuentro entre las gentes de la ciencia y de la cultura popular, que se reconocieron como iguales bajo el sol de mayo en el Santuario y ante la Virgen de la Sierra.

Juan Carandell: el visionario del "Balcón de Andalucía"
Si hubo un alma máter en este evento, ese fue Juan Carandell. Catedrático de Historia Natural del Instituto de Cabra y codirector de la excursión, Carandell no era solo un académico, sino un enamorado de su tierra adoptiva. Ya en 1921, en su artículo "El Cerro de la Virgen", había comenzado a preparar el terreno para lo que sería este hito.

Carandell trabajó incansablemente con sus alumnos del 6.º año del Instituto, realizando una labor pedagógica que culminó al bautizar la cresta de la Sierra como "El Balcón de Andalucía". En un momento de profunda emoción durante el evento, y reclamando la declaración de Sitio Nacional para la Sierra, expresó ante la comitiva:
«Vuestro voto, señoras y señores extranjeros, es el voto de calidad ante el cual se abatirán cuantas trabas se han opuesto a ese legítimo anhelo de esta ciudad».

Sus palabras reflejaban la alegría de ver finalmente coronados sus anhelos: el reconocimiento mundial del valor científico de la Sierra. Pero además muestran la implicación y honestidad de un hombre de Ciencia que acabó enamorado de Cabra, de su Instituto-Colegio y de su Sierra:

«Yo vine a Cabra hace 9 años; 9 años ha que obtuve por oposición la cátedra de Historia Natural de este Instituto. Confieso, queridos amigos egabrenses, confieso que algunas veces he manifestado deseos de marcharme, de volar, como las mariposas en busca de la luz, en pos de otras ciudades españolas, emporio de las ciencias y de las artes. Pero, bien lo veis; no he sido de los que de este Instituto han hecho simplemente un escalón para saltar a puestos más codiciados. Aquí sigo, al pie del cañón; mi temperamento catalán quizá haya encontrado amplio campo a iniciativas que ojalá sean o hayan sido fecundas».

Y aclarando, en su modestia, que sus trabajos podrían haber sido los que trajeran la sesión del XIV congreso a Cabra y a Antequera, y recordando a su padre a cuya memoria dedicó los aplausos recibidos terminaba su discurso en el Patio de Cristales con las siguientes y emocionadas palabras:

«Señoras y señores: en nombre de España, en nombre de España, sí, os doy las gracias. A Cabra, por el entusiasmo imprescindible para la mejor templada pluma y para el pincel más luminoso, con que ha abierto su corazón bondadoso e hidalgo; a vosotros, prestigios científicos del mundo porque habéis prestado a este modesto profesor, eterno aprendiz de geólogo, con los sentimientos de paz internacional que este crisol de Cabra han hallado el calor popular para fundirse, el aliento inextinguible para seguir siendo el soldado desconocido al servicio de esta noble España, que quiere decir al servicio de todos los pueblos, de la Humanidad entera. Finalmente: Cabra agradece la ocasión que este Congreso le ha deparado para reiterar de los poderes públicos la consideración de Sitio Nacional para su sierra...» La cena servida por el Real Colegio terminaba con bailes en el Círculo de la Amistad

El tesoro bajo los pies: los fósiles titónicos de Los Lanchares
¿Por qué escalaban estos científicos nuestra Sierra de Cabra en 1926? La respuesta estaba oculta en las rocas: los yacimientos fosilíferos de importancia excepcional, específicamente los fósiles titónicos de Los Lanchares y el Picacho.

Para los geólogos, esta expedición era una ocasión para conocer in situ páginas de un libro antiguo. La presencia de figuras de talla mundial como el Barón François Nopcsa de Hungría ?pionero de la paleobiología? o el finlandés Jakob Johannes Sederholm ?autoridad indiscutible en el estudio del Precámbrico? subraya que estos yacimientos eran un patrimonio de relevancia universal. Estos «sabios» realizaron la excursión y las sesiones en Cabra no sólo para descubrir los espléndidos paisajes que inmortalizaría Carandell tanto en sus textos como en sus dibujos; realmente estaban en una de las fases de la «ciencia normal» según la definición de Thomas Kuhn ?forma de hacer ciencia en modo usual en el que operan los científicos en su día a día y a lo largo de la historia?. Y compartieron aquí los presupuestos científicos para conocer las claves de la formación del continente escondidas en la caliza jurásica, haciendo sus investigaciones y comprobando lo que ya habían puesto de manifiesto otros como Killian a finales del siglo XIX, como parte del grupo de científicos que estudiaron las posibles causas del devastador Terremoto de Andalucía de 1884.

Ciencia con causa: la generosidad de los sabios
La visita dejó un beneficio tangible que fue más allá del conocimiento. Por iniciativa de Antonio de la Riva Gil de Arana, se abrió una suscripción popular para la restauración del Santuario de la Virgen de la Sierra.

La colecta alcanzó la suma de 550,90 pesetas, destacando la enorme generosidad de la sociedad civil, encabezada por la Vizcondesa de Termens, quien donó 200 pesetas. En el ámbito científico, es imperativo resaltar la figura de la Srta. Dolores Guiral Sterling, alumna de la Academia Habana y única mujer asistente en calidad de científica, quien aportó 5 pesetas de su propio peculio. Este gesto colectivo demuestra que la expedición científica valoró y contribuyó activamente a la preservación del patrimonio cultural que los acogía. Y desde luego hay que reconocer que la Archicofradía supo aprovechar el acontecimiento para seguir impulsando la renovación en el Santuario y sus mejoras, la necesidad de acondicionar adecuadamente la «casita blanca» y seguir trabajando por el increíble entorno natural en el que los siglos fueron forjando la devoción a la Virgen de la Sierra en un enclave tan singular como el del Picacho de la Sierra de Cabra.

Un eco que aún resuena en la Sierra y en Cabra
El XIV Congreso Geológico Internacional fue un hito de la «ciencia normal» en los libros de historia, pero para Cabra significó una transformación sociológica profunda. Fue el día en que los agricultores enseñaron a los sabios a bailar y los sabios revelaron a los locales que el suelo que pisaban cada día era un tesoro codiciado por el mundo entero.

Y de lo significativo de aquel acontecimiento del que se conmemora estos días su primer centenario, hay que destacar las iniciativas para celebrarlo que tendrán como centro las jornadas de los días 7, 8 y 9 de mayo, o la exposición que sobre don Juan Carandell y su obra, junto a todo lo que trabajó por aquella sesión del XIV congreso y la posterior declaración de la Sierra de Cabra como Sitio natural de Interés Nacional por Real orden de 11 de julio de 1929, en uno de los primeros parajes españoles que recibieron protección bajo esta figura que sustituyó a la de Sitio Nacional que ya reclamó Carandell en 1926. Y que, como recogió la Real Orden de 15 de julio de 1927 se destinaría a «los parajes agrestes del territorio nacional que merezcan ser objeto de especial distinción por su belleza natural, lo pintoresco del lugar, la exuberancia y particularidades de la vegetación espontánea, las formas especiales y singulares del roquedo, la hermosura de las formaciones hidrológicas o la magnificencia del panorama y del paisaje».

Hoy, al pasear por la Sierra, en el Parque Natural Sierras Subbéticas, declarado Geoparque de la UNESCO, cabe recordar si somo realmente conscientes que bajo nuestros pies se encuentra la razón por la que trece naciones se unieron hace casi un siglo
Valorar nuestro patrimonio geológico es, en última instancia, honrar aquel encuentro de 1926 donde la alta ciencia, nuestro histórico Instituto y Real Colegio, la ciudad de Cabra y la Archicofradía, se fundieron en un encuentro que marcó un antes y un después a la hora de conocer mejor nuestro entorno natural y en particular la riqueza geológica de nuestra Sierra.

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