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Noviembre en Cabra: el lenguaje del luto en las imágenes de la Virgen

01.11.26 - Escrito por: Antonio Ramón Jiménez Montes | Cronista oficial

La Virgen de la Sierra viste en estas semanas de azulados tenues y plata. No es una elección casual. Detrás hay más de cinco siglos de historia del luto hispano, que arranca en una pragmática de los Reyes Católicos, pasa por la Soledad de Gaspar Becerra y llega a nuestras imágenes de Cabra.

Junto a la imagen de nuestra patrona, vemos también cómo otras imágenes de la Virgen de distintas advocaciones visten de un modo distinto. La «Palomita de la Cueva» en el histórico santuario del Picacho viste de damasco de tonos azulados, apagados, y plata en la corona, en el rostrillo, en la ráfaga y en el corazón que luce sobre el pecho. Nada de oro. Y no es algo casual, aunque, a veces, a fuerza de ver a nuestras imágenes se nos olvida que su manera de vestir también nos habla. Lo hace con un lenguaje que tiene siglos de historia y una larga tradición a sus espaldas. Vestir a la Virgen de «luto» en el mes de los difuntos y a punto de terminar el año litúrgico, es, a mi juicio, la forma más sobria, elegante, discreta y acertada de presentarla a sus fieles. Y mientras en la Sierra vemos tonos azulados y ornamentos de plata, en otras dolorosas vemos un luto que hunde sus raíces en la tradición hispánica más singular. Merece la pena explicar la razón de estos trajes de duelo.

Una pragmática para el duelo

El luto en España tiene un claro antecedente normativo. Los Reyes Católicos dictaron en 1502 una pragmática sobre los «lutos y cera que se pueden traer y gastar por los difuntos», que más tarde recogería la Nueva Recopilación. La muerte del único varón y heredero de la corona, el príncipe don Juan, que tuvo lugar en Salamanca en octubre de 1497 fue la causa de esta norma. Su túmulo en Santo Tomás de Ávila es una de las muestras más elocuentes de la pragmática de luto y cera. La ley regulaba lo que podían vestir hombres y mujeres, fijaba el luto en seis meses, limitaba los paños fúnebres en casas e iglesias y ponía coto a la cera de entierros y honras. Solo quedaba fuera la cera que se entregaba a la Iglesia, que se tenía por limosna. Quien la incumpliera perdía los lutos y pagaba dos mil maravedís.

El contexto es elocuente. Cuenta fray Bartolomé de las Casas que por el príncipe don Juan se vistió un luto de jerga blanca muy basta, y que después de aquello no se volvió a llevar jerga en España por muerte de rey o príncipe. Al mismo tiempo, en la propia corte del príncipe el negro se había convertido en el color preferido, caro y prestigioso, como ha estudiado el profesor González Arce. La pragmática de 1502 marcó ese paso del viejo luto blanco castellano y el negro que acabaría siendo el color del duelo hispánico.

De aquella norma nacen dos ideas que no conviene perder de vista. El vestido del luto queda regulado, con sus tiempos y sus límites. Y queda regulada también la luz, porque la cera, que es honra del difunto y oración por su alma, igualmente queda establecida.

A partir de entonces, el negro sería color único y casi exclusivo para el luto, al tiempo que los adornos y aderezos en oro se suprimían como elementos de ostentación en el tiempo que durara el duelo y el luto.

La viuda que vistió a la Virgen

Sesenta años después, el luto cortesano dio el salto a las imágenes. En 1565 la reina Isabel de Valois encargó a Gaspar Becerra una imagen de la Soledad para el convento de los frailes Mínimos de la Victoria, en Madrid. Doña María de la Cueva, condesa viuda de Ureña y camarera mayor de la reina, cedió uno de sus propios trajes de luto para vestirla. Hasta entonces las imágenes se vestían con tafetanes de seda de colores, mientras que a partir de esa circunstancia, la Virgen en soledad, ensimismada tras el entierro de su Hijo, aparecerá con tocas monjiles y gran manto negro, vestida como una viuda noble de la corte de Felipe II.

El modelo se extendió con enorme rapidez por toda la península y por los territorios americanos. Así lo documentó Eduardo Fernández Merino en su estudio La Virgen de luto, que tuve ocasión de presentar en estas páginas en 2014 con motivo de su visita a Cabra. Él mismo nos enseñó que las llamadas «estolas» de nuestras Dolorosas no son tales, sino la evolución de las cintas del luto cortesano. Un detalle mínimo que lo explica todo: en el ajuar de una imagen nada es casual.

El retrato de aquella época que mejor fija la figura de la viuda es el de la reina Mariana de Austria, pintada por Juan Carreño de Miranda a partir de 1669 con tocas blancas y manto negro. Ningún adorno, y sin embargo toda la autoridad de una regente. El luto, en el código hispano, aparece como un reformulación del rango que queda asociado en esta vestimenta al tamaño del alba blanca que llevaban las nobles. Cuánto más largo el blanco, más noble la dama.

La plata, luz del luto

Es entonces cuando la plata aparece también como elemento asociado al luto. Es la clave de los complementos que hoy vemos en la Virgen de la Sierra. La plata y los tonos plateados actúan como el elemento que articula visualmente el luto, tanto en el protocolo cortesano como en el orden litúrgico. Su uso equilibra la máxima gravedad y sobriedad del duelo con esos destellos de luz que hablan de realeza, de dignidad o de esperanza en la resurrección.

Salvada la austeridad austríaca de la reina Mariana, muchas nobles querían lucir algún atributo de su situación en aquella rigurosa sencillez castellana. Es entonces cuando se empieza a usar la plata dado que el protocolo obligaba a no llevar pomposos aderezos de oro. Las piezas de plata sirvieron, a menudo acompañadas de piedras oscuras como el azabache, para que la nobleza mantuviera sus signos distintivos de estatus y de majestad, pero de forma compungida. Y eso mismo se trasladó a las imágenes de la Virgen. Si lo leemos junto a la pragmática de 1502, encontramos una singular simbiosis: mientras que la cera arde y se consume, y la plata refleja sin estridencias. Ambas son luz del luto.

Cabra, una lección abierta

Cabra conserva un conjunto excepcional para seguir este lenguaje. En la iglesia de San Juan de Dios se guarda un lienzo de la Dolorosa que procede del desaparecido convento de mínimos de San Francisco de Paula, fundado con licencia de 1589 y llegado allí tras la desamortización. No es un dato menor, porque la Soledad de Becerra se veneraba en Madrid en un convento de esa misma orden. En el cuadro, la toca blanca ciñe el rostro, el manto negro envuelve la figura y, sin embargo, todo se cubre de roleos y flores bajo un resplandor de rayos y estrellas. El luto es sobrio, pero no niega la realeza. La imagen de la Dolorosa a los pies del Cristo de la Sangre en un lienzo de finales del siglo XVIII que conserva la sacristía de Santo Domingo, es otro de los ejemplos egabrenses de este luto hispánico en las imágenes marianas.

La Virgen de la Soledad y Quinta Angustia, titular de nuestra Semana Santa, adquirida en Granada en 1663, es heredera directa de ese modelo. Lo prueban las fotografías antiguas que la muestran sobre sus andas con manto negro, toca y resplandor, y lo confirma su atavío actual en el camarín: terciopelo negro sembrado de estrellas, rostrillo, corona de espinas, corazón con puñal y, a sus pies, una media luna de plata. Negro, blanco y plata.

No digamos la Virgen del Socorro con su preciosismo formal y la estética del busto granadino que conforma igualmente la iconografía de la Dolorosa con el luto hispánico, esta vez tallada y representada exquisitamente en tan singular imagen. O la Virgen de los Dolores que, en plata, corona la tapa del Santo Sepulcro y que, bajo templete, se presenta igualmente con esa misma iconografía a la que nos venimos refiriendo.

A ellas se suma el estandarte blanco de las Angustias, bordado por las Agustinas y que, desde 1697, el año en que las agustinas recoletas fundaron su monasterio vino el grupo escultórico atribuido al círculo de José de Mora. Allí el código aparece mostrando a la Virgen de luto en el estilo más cercano a la reina Mariana de Austria como la pintó Carreño y con sus cintas cruzadas, que parecen estolas pero que ya sabemos que son «cintas de luto».

Visitar los templos y asistir a los cultos este mes, nos permitirá conocer cómo las imágenes de la Virgen dolorosa presentan estos días esa indumentaria, comprobando la sobriedad del luto que tienen en el mes de noviembre y que, al tiempo de conmemoración de los Fieles Difuntos, se une el final del año litúrgico que tendrá lugar el domingo 22 de noviembre y el comienzo del Adviento al siguiente.

El luto en nuestra Patrona

La Virgen de la Sierra, imagen antiquísima y venerada, alcaldesa y patrona, coronada, es una de las imágenes letíficas con más veneración no sólo en Cabra, sino en una amplia comarca de Andalucía. De ahí que sea muy apropiado que no deba vestirse como las dolorosas porque eso confundiría advocaciones y tiempos. Pero noviembre es el mes de los difuntos y de las ánimas y la tradición es poner algún elemento que vista de luto a una imagen que refleja la realeza de María y siempre se nos presenta como Madre gloriosa.

Y la forma en que la vemos estos días en el Santuario, nos da la respuesta con el código que hemos recorrido. De ahí que al verla en estos tonos, retirado el oro y conservando la plata. Los tonos sobrios elegidos, el azul que es, además, en la tradición española el color de la Inmaculada, le dan una presencia del luto sin perder su condición.

Por eso, cuando contemplemos estos días a la Virgen de la Sierra, conviene mirarla con otros ojos. Ese azul apagado, esa plata y esa sobriedad no son un capricho ni una moda. Son la memoria de cinco siglos de historia del luto hispano, de la corte a nuestros altares. Y es entonces cuando, ante cada detalle, podemos decir con fundamento que todo tiene sentido.

Fuentes

Pragmática de los Reyes Católicos sobre «lutos y cera que se pueden traer y gastar por los difuntos», 1502, en la Nueva Recopilación. Síntesis en Protocolo con corsé.
Las Casas, B. de: Historia de las Indias, t. II.
González Arce, J. D.: «Los colores de la corte del príncipe Juan (1478-1497)», Espacio, Tiempo y Forma, Serie III, 26, 2013.
Fernández Merino, E.: La Virgen de luto. Indumentaria de las Dolorosas castellanas, Madrid, Visión Libros.
Fernández Gracia, R.: «La imagen de la Soledad en las artes y su versión pamplonesa», Universidad de Navarra, 2010.
Llorente, M.: «Imagen y autoridad en una regencia: los retratos de Mariana de Austria», Studia Historica. Historia Moderna, 2009.
Jiménez Montes, A. R.: «La Virgen de Luto en Cabra», La Opinión Cofrade, 19-02-2014.
Jiménez Montes, A.R.: LA HISTORIA ENTRE LÍNEAS: Sobre el origen del luto, ¿de dónde viene la tradición de vestir de negro?, https://jimenezmontes.com/la-historia-entre-lineas/sobre-el-origen-del-luto-de-donde-viene-la-tradicion-de-vestir-de-negro/
Moreno Hurtado, A.: «Las fundaciones franciscanas de Cabra» (1997) y «Nuevas aportaciones para la historia del convento de mínimos de Cabra» (2003), en El franciscanismo en Andalucía.
Hermandad de la Virgen de las Angustias. Cabra, Diócesis de Córdoba.

enlaces de interés

http://www.laopinioncofrade.com/ampliar....
La Virgen de luto, en Cabra. Por Antonio R. Jiménez Montes

https://jimenezmontes.com/la-historia-en...
Sobre el origen del luto, ¿de dónde viene la tradición de vestir de negro?

https://www.polifemo.com/libros/la-virge...
Eduardo Fernández Merino. La Virgen de luto. Indumentaria de las Dolorosas castellanas.

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