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SIN INFANCIA, DAÑOS COLATERALES (I)

28.05.18 - Escrito por: Antonio Fernández Álvarez

Antonio Fernández Álvarez, autor del libro Relatos desde el corazón, nos trae un nuevo relato "Sin infancia", entre los diez mejores presentados al XIV Concurso de Relato Corto de Iznájar 2018. Lo haremos con cuatro entregas, una cada semana, y esta es la primera que hoy les hacemos llegar. Disfruten con su lectura.

Quiso ser niño, jugar como todos los niños que veía ir a colegio o jugando en las calles, cuando bajaba hasta el pueblo con su padre a vender los productos de su huerto.

Había que recorrer una distancia de unos seis kilómetros pero tenían que hacerla andando, el burro que les servía de transporte, con la carga de la mercancía tenía bastante. Su padre le animaba ya que sólo contaba con nueve años de edad.

Aquella mañana jamás se borraría de su memoria y le marcaría para siempre. Habían llegado al puesto que su abuela tenía en la plaza de abastos, era muy temprano, pero ya iba llegando gente. Unos buscando trabajo, solían ir allí por si necesitaban mano de obra para labores agrícolas u otras, otros a comprar para así garantizarse poder elegir los mejores productos.

De pronto un ruido infernal le hizo asustarse y esconderse tras su padre. Solo recordaría más tarde la desolación, de la gente, la polvareda y que todos los puestos que había a su alrededor estaban destruidos.

Su padre yacía en el suelo herido de gravedad al igual que su abuela a la cual le faltaba un enorme trozo en su pierna derecha a la altura del muslo. Él por suerte no parecía que hubiese sufrido ningún daño, solo pequeños cortes.

Vio un pequeño de su edad inmóvil, en un gran charco de sangre que provenía de su cabeza destrozada en el pavimento. Gritos, lágrimas, voces, llamadas de auxilio de los heridos y de fondo el ruido de los aviones que se alejaban dejando un reguero de ciento nueve vidas sesgadas y un innumerable número de heridos que iban desde mutilados hasta heridas de diversa consideración.

El siete de noviembre de mil novecientos treinta y ocho dejó definitivamente de ser niño, si es que alguna vez lo fue. Las heridas que su padre sufrió esa fatídica mañana, por culpa de la guerra, que él sabía que llevaba ya varios años produciéndose en España, porque se lo oía comentar a sus mayores, pero que no tenía ni idea de que es lo que era, pues por fortuna su pueblo se encontraba alejado del frente. De golpe había conocido la crudeza de esa contienda que enfrentaba a padres con hijos, hermanos con hermanos y que padecían los más vulnerables, la población civil y los soldados que algunos eran tan jóvenes que llegaron a llamarles la quinta del biberón.

Su padre estuvo a punto de perder una de dos manos, y éstas eran lo único que tenía para conseguir el sustento de su numerosa familia. Eran catorce hermanos, seis chicos y ocho chicas, siendo él sexto de los vástagos, y el mayor de los chicos.

Así que tuvo que dedicarse a las labores agrícolas. En el huerto, había visto como su padre labraba, sembraba y le llamaba poderosamente la atención cuando regaba por inundación así que conocía como trabajar y aunque le había ayudado a coger tomates, lechugas, patatas, y todos los productos que podían obtener del huerto según la época del año, ahora se enfrentaba a realizar él solo las labores agrícolas. Su madre yacía en la cama aquejada de una enfermedad que tan solo seis meses después acabaría con su vida.

Setenta y ocho años después del fallecimiento de su madre, tres de sus hermanas habían padecido la misma enfermedad. Una de ellas fallecería en mil novecientos setenta y cinco y dos de ellas con mayor o menor sufrimiento habían superado el cáncer de mama que había acabado no solo con su madre, sino con su sueño de ser niño.

Una fría mañana de noviembre una semana después de los bombardeos, cuando bajaba desde el huerto de sus padres hasta el pueblo con su burro cargado de sacos de leña que no supo ni cómo pudo cargar en el animal, para llevarlos a casa del señor que se los encargó a su padre, para la formidable chimenea que tenía en una enorme cocina comedor en su casa, sita en el centro de la población. Caminaba despacio porque el animal con su ingente carga tampoco podía ir más deprisa. No podría precisar cómo fue, pero se encontró que el burro quedó tendido en suelo y aunque lo intentó con todas sus fuerzas, él era tan pequeño, que no podía levantarle y después de muchos intentos y viendo que el tiempo pasaba, su desesperación fue tal que se sentó y lloró amargamente, agotando así lo único que le quedaba de su infancia, derramó tantas lágrimas que con ellas borraba y dejaba atrás una niñez que nunca tuvo.

Nunca más soñó con ser niño, nunca fue niño, jamás jugó como un niño, fue como muchos niños de la época, niños que trabajaban como hombres, sufrían como hombres y hacían labores de hombres.

CONTINUARÁ...


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