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El palacio de los Condes de Cabra

28.09.11 A vueltas con el patrimonio cultural - Escrito por: Lourdes Pérez Moral

En venta el palacio de los Condes de Cabra. Esta casa condal, como la de Alba, hacía tiempo que venía alegando falta de liquidez pero la situación económica de España, como ahora, era tan crítica que Machado llegó a escribir: “fue un tiempo de mentira, de infamia. A España toda, / la malherida España, de carnaval vestida / nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda, / para que no acertara la mano con la herida”.

Era 1898. Por aquel entonces, el gobernador militar de Córdoba había solicitado al consistorio egabrense un lugar para acoger a un batallón de infantería formado por más de un millar de individuos. Que duda cabe que uno de los edificios más apropiados era el inmueble condal y una vez finiquitada la petición, podían instalarse centros de enseñanza. La oferta era más que sugerente (50.000 pesetas pagaderas en diez años) pero la propuesta fue desestimada: el edil Antonio Linares manifestó su negativa porque “hacerlo en los momentos actuales en que tan aflictivo es el estado del erario municipal, sería exponerse a las más acerbas censuras de la opinión que vería desatendidos otros servicios de sumo interés para el vecindario”; su compañero de corporación, José Vergillos, se expresó en idénticos términos pero añadió que “cuando las calles están sin empedrar no deben adquirirse edificios y máxime cuando el de que se trata, hasta el punto de que nada más las tejas valen los diez mil duros pedidos, no tiene ni por su situación ni por su capacidad las condiciones que se le suponen lo cual sería causa de que más tarde o más temprano el edificio quedase cerrado o inservible”.

La casa condal lanzó entonces una nueva oferta (40.000 pesetas al 3% anual) que aunque beneficiosa no convenció tanto que, los historiadores Calvo Poyato y Casas Sánchez, señalan la “existencia de intereses ocultos” para la adquisición al margen de la situación económica de las arcas municipales. Pero los condes necesitaban liquidez como fuera y lanzaron una última oferta: 25.000 pesetas pagaderas en veinte años al 3,6%. Los procuradores Antonio Ortiz y Juan de Dios Amo aceptaron y éstos a su vez lo vendieron en iguales condiciones al Pío Instituto de Religiosas Hijas de María Escolapias con el fin de establecer un centro de enseñanza. Era 1899.

El notable edificio (antaño castillo y, desde el siglo XV, palacio condal) presentaba una figura irregular y diferencia de nivel muy acusada contando, además, con una superficie copiosa repartida en la casa principal, cuadras, cocheras, bodegas, lavaderos, dependencias para la servidumbre, patios y jardines. El inmueble lindaba por la izquierda con terrenos nombrados Huerto de Capuchinos y Laderas de Triguitos y, entre ambas propiedades, se ubicaba la iglesia conventual de Capuchinos que comunicaba con el palacio ahora adquirido por las religiosas. Había que solicitar el templo al prelado cordobés y éste no tardó en decretar la cesión por el tiempo de su voluntad “con la obligación de atender a las reparaciones necesarias para su conservación”.

Hechas en ambos edificios las reformas que demandaba el uso a que iban a ser destinados, el 26 de noviembre de 1899, tuvo lugar la inauguración oficial que, bajo la advocación de San José de Calasanz, iba a funcionar con general aceptación del vecindario egabrense.

Bajo la dirección de la Rvda. Madre Antonia Jordá -primera superiora- ricas y pobres, humildes y encopetadas fueron copartícipes de la presencia de estas nuevas educadoras que no contentas con aplicar la piedad en la enseñanza, inculcaron la misma a través de una labor que se tradujo en formación religiosa y cultural. Allí recibirían educación lo más selecto de la sociedad egabrense y de la comarca, así como, las niñas pobres (denominadas calasancias) que concurrirían diariamente a sus aulas.

Pero detengámonos en las transformaciones arquitectónicas del ahora colegio. En 1919, ya se había ultimado la construcción del comedor, cocina, refectorio de las religiosas, dormitorios y tercer piso que coronaba el ala izquierda del edificio en el patio de entrada. En 1925 se derribó una torre que amenazaba ruina. En 1930 y, a consecuencia de un terremoto, se abrieron grietas en la bóveda de la iglesia que propiciarían la apertura de tres ventanales en el coro y la anchura de los arcos mayores. En 1935, se construyó un pabellón sobre un solar destinado para clases de calasancias. En 1944, se hizo un nuevo lavadero y, en el piso superior, el planchador para cuyo efecto tuvieron que demoler gran parte de la muralla.

A pesar de estas transformaciones, la más honda estuvo motivada por la guerra civil. Durante la contienda, el inmueble acogió a la guardia civil, después a los legionarios italianos para más tarde habilitar el edificio como hospital de campaña. Finalizada la misma, el colegio intentó volver a la normalidad aunque la huella dejada por la fatídica contienda tardaría tiempo en cicatrizar. Ello no fue óbice para seguir caminando hacia el medio siglo de presencia Escolapia en Cabra. Algunas de sus antiguas alumnas ya habían obtenido títulos universitarios o eran contables, mecanógrafas o maestras nacionales, otras, la mayoría, optaban por el hogar pero fueron años importantes para la pedagogía egabrense porque las clases de primaria estaban ya atendidas por religiosas con oposiciones y, aunque en 1969, el colegio fue reconocido para impartir bachillerato elemental, el superior, seguía siendo libre y las alumnas se examinaban en el Instituto-Colegio.

Pero volviendo a las transformaciones, en 1959 se renovó la tan discutida fachada principal, la enfermería y se levantó un piso que albergaría más dormitorios. Anteriormente (1955) se había destruido parte de la muralla existente en el patio de recreo y construido un comedor para la comunidad; en 1956 se cubrieron con dos grandes arcos un patio que había entre dos dormitorios -quedando de este modo unidos para formar uno solo- y se procedió a la construcción de lavabos y cuartos de aseo en lo que era el antiguo planchador.

Como es lógico, el declive entraría en escena: escasez de vocaciones, escolaridad plenamente satisfecha y reestructuración interna. A partir de este momento, la idea de cierre estuvo más que presente. El colegio hizo frente a las dos grandes reformas educativas pero no a la desaparición del internado, del comedor y del carácter comarcal. A pesar de ello, seguían caminando hacia otro medio siglo de presencia Escolapia en Cabra y todavía siguen y, más, en un edificio que es una de las piezas claves del patrimonio cultural egabrense. Obras y más obras cubiertas, en solitario, por la comunidad con la salvedad de la Torre del Homenaje.

En 1992, la consejería de cultura de la Junta de Andalucía firmaba las obras de restauración. Las gestiones habían sido realizadas por el entonces alcalde y parlamentario José Calvo Poyato quién, en una de sus intervenciones, manifestó: “Señor Consejero, en el tono más cordial que me es posible, yo le pediría que concretase ese ofrecimiento, porque este asunto, bueno, por viejo puede pudrírsenos un poco entre las manos, es decir, se nos puede caer. Yo le pediría que no sólo se hiciese ya el encargo del proyecto sino que se arbitrasen los recursos necesarios para remediar una situación que, esperemos –yo creo que usted comparte esta opinión conmigo- no se vaya a convertir en una situación de un daño irreparable”.

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