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OTOÑO EGABRENSE

UN ARTÍCULO DE MANUEL CHACÓN RODRÍGUEZ - Escrito por:

...En otoño, da gusto ir a pasear por nuestro querido pueblo o por sus alrededores. A finales de noviembre y principios de diciembre, nuestros campos están en su más verde y dorada plenitud; aquí y allí, los álamos y los chopos adornan el paisaje con su característico color gualda; los nogales, repletos de nueces, nos invitan a acercarnos y quedarnos bajo sus copas; por su lado, los membrillos y los caquis ofrecen sus fragantes y vistosos frutos, y los granados igual, con sus rojas granadas que se nos abren y nos dicen que las saboreemos en un suculento plato de migas... que si se hacen en un perol de leña, muchísimo mejor...

En los últimos años, es vox populi que el otoño viene retrasándose algunas semanas, y no se disfruta de él hasta bien entrado noviembre, digamos que hasta poco antes del día de Santa Cecilia.
Sea por el renombrado cambio climático, provocado por nuestro loco sistema socio-económico; sea por un cambio natural de las estaciones, la cuestión es que, según se viene observando, las temperaturas a finales de octubre o principios de noviembre aún son templadas, las hojas tardan más en caerse de los chopos, los castaños o los plátanos orientales, y los días fríos tardan más en llegar, en obligarnos a coger del armario los abrigos, las bufandas y los jerséis. También, aunque esto es más normal en climas de interior como el de Cabra, se ha acentuado la tendencia a que se extremen las diferencias de temperatura entre las mañanas y los mediodías, de forma que la ropa que al amanecer va perfectamente para no pasar frío, a la hora de comer es ya un estorbo por el calor “primaveral” que hace, y luego por la noche de nuevo nos viene perfectamente: quienes madrugamos cada jornada, por placer o por trabajo, lo sabemos muy bien; quienes nos acostamos tarde, por placer o por trabajo, también.
El otoño, esa etapa del año dorada y romántica, ha sido siempre metáfora y símil de madurez, de romanticismo, de melancolía consciente y previa al invierno, a la muerte o a la resurrección, según se vea; así, siempre tras el otoño viene el invierno, y tras el invierno la primavera, que ríe de nuevo cada año y nos hace renacer. Igual pasa con la historia de la Humanidad, con las naciones y con las sociedades... precisamente, en este otoño se ha descubierto un cementerio o necrópolis romana de cuando los romanos ya se habían hecho cristianos, de hará unos quince siglos, muestra de aquellos egabrenses que vivieron en nuestra misma ciudad; este otoño, en el que nuestros antepasados celebraban el culto a los espíritus cuyo equivalente hoy es el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, que son fechas entrañables previas a la Navidad, en las que nuestras madres y nuestras abuelas preparan gachas con frutos secos, y en las que antaño se preparaban melones con forma de calavera y una vela dentro; fechas de familia, tradiciones y muerte, pues también la matanza se practica estos días: que se lo digan si no a un hortelano cabreño, el día de la Purísima.
Pero el otoño ya no es lo que era. Eso dicen y eso parece. Y sin embargo, puede ser una mera falsa apariencia. Cualquier año de estos volverá a ser igual que antes... ¿seguro? Pues como casi todo, volverán los viejos buenos tiempos. Pero no estaría yo tan seguro... para eso tendríamos que ser, cuando menos, conscientes. Ahí está el quid.
Con el otoño ocurre, digamos, como con todo lo que representa nuestra esencia como ciudad, como pueblo y como personas, es decir: como con todo lo que representa nuestra identidad, nuestro más puro y espontáneo ser, que en este siglo XXI que tan materialista ha empezado él, va menguando poco a poco, va reduciéndose a lo meramente superficial, funcional y frívolo... Y como dijo el novelista y aventurero francés André Malraux: “el siglo XXI será espiritual, o no será”. Pues eso.
En otoño, da gusto ir a pasear por nuestro querido pueblo o por sus alrededores. A finales de noviembre y principios de diciembre, nuestros campos están en su más verde y dorada plenitud; aquí y allí, los álamos y los chopos adornan el paisaje con su característico color gualda; los nogales, repletos de nueces, nos invitan a acercarnos y quedarnos bajo sus copas; por su lado, los membrillos y los caquis ofrecen sus fragantes y vistosos frutos, y los granados igual, con sus rojas granadas que se nos abren y nos dicen que las saboreemos en un suculento plato de migas... que si se hacen en un perol de leña, muchísimo mejor... el humo de las hogueras en otoño, ay, que nos viene de los viñedos y de las huertas y nos trae aires y “humos” de otros tiempos... Nuestros campos, decíamos, alcanzan en otoño su plenitud madura, y este año de 2006 como, gracias a Dios, los primeros meses de la estación han sido algo lluviosos, los caminos, los olivares y la sierra se han cubierto de verde, que resalta en especial bajo las vides de toda la campiña y de Cabra, que tras la vendimia, justo antes de que las poden, se tornan de un color dorado intenso, que el propio Baco quisiera par su corona. Se ven todavía bastantes vides camino de Monturque, y camino de Gaena, por la vía verde o por la carretera... aunque bien pensado, por allí ya no tanto, no, que las han cambiado por plantones de olivo... y es que vamos al monopolio económico. Pero aún se respetan algunas cosas: miremos si no la montaña de la Fuente Río, verdadera roca verde y gris que si el otoño ha sido más o menos húmedo como este, se torna de un verde casi diría que esmeralda; ilusión de otras tierras más umbrías, con sus aguas brotando, dignas de un santuario de la céltica diosa Deva.
O de Ceres, diosa romana de la agricultura. No hay más que ver nuestras huertas, dar un paseo por la Senda en medio, por las Huertas Bajas y los Callejones, o por el Pedroso (bueno, por ahí ya casi no), para darte cuenta de cuan bellas y auténticas son nuestras huertas, repletas de frutales, chopos, hogueras y agua, cómo nos marcan nuestra identidad como egabrenses y todo lo que significan para nosotros; auténtico e idílico pulmón verde en mitad de nuestra ciudad, don Juan Valera siempre las llevó en su corazón... y que (nos dicen) tienen los días contados ante el empuje del ladrillo y el urbanismo... Pero bueno, siempre nos quedará un paseo en coche por las Huertas Bajas, yendo pa’ Monturque y mirando por la ventanilla.
El otoño ya no es lo que era. Pero sí que sigue siendo muy sugerente, también, dar una vuelta por el Paseo estos días, pisando la alfombra de castañas y hojas caducas y doradas, caídas de entre sus muchas variedades de viejos y nobles árboles; andar pausadamente, solo o con compañía; oler la fragancia que emana de los plátanos orientales los días de lluvia... son deleites que me retrotraen hasta la infancia y hasta algunos de los mejores momentos de mi vida, que sin embargo no alcanzo ni a adivinar... No creo ser el único; será porque para nosotros, la gente de Cabra, el Paseo es un sitio casi mágico en el que nos miramos generación tras generación desde hace ya un siglo y medio. El alma de cinco o seis generaciones de egabrenses, hortelanos que somos casi todos de profesión o de origen, está entre esas ramas, entre esos recios troncos y esas pequeñas y grandes románticas hojas, caducas, que cada año caen por octubre o por noviembre... ya casi en diciembre. ¿Dejarán de caer algún día? No lo creo, mientras haya un egabrense presente en este mundo.
El otoño ya acaba, en estos días de diciembre de aire navideño ya casi invernales que, seguramente, nos traerán nieve, como en los últimos años. Y ya lo dice el refrán: año de nieves, año de bienes... ¿seguro?
Que tengan ustedes, de corazón, un feliz y próspero año nuevo, y que Dios nos guarde a todos.

manuelchr@hotmail.com

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