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Feria

08.06.21 - Escrito por: José Manuel Valle Porras

Explicaba Polibio, citado por Mary Beard, que en los funerales de los antiguos patricios romanos se exponía el cadáver en el foro y los miembros de la familia acudían llevando máscaras que semejaban los rostros de antepasados del difunto y vestidos con la indumentaria de los cargos que estos habían ejercido, «como si todos estuvieran presentes».

Un miembro de la familia pronunciaba un discurso en el que enumeraba primero los logros del recién fallecido, pero proseguía después con los de todos esos antepasados allí reunidos por medio del artificio. El objetivo era incitar a los jóvenes al esfuerzo, con la esperanza de una gloria duradera (1).

Sin acudir a tan remotos tiempos, basta saltar, en nuestro propio país, la distancia relativamente breve (les escribe un historiador) de dos, tres y cuatro siglos, para encontrar, tal vez no en nuestros ancestros personales, pero sí en los del prójimo, familias de la aristocracia, pero también de la media y hasta baja nobleza urbanas que se hicieron con un repertorio de símbolos de perennidad que darían unidad a todas las generaciones del linaje: la gran casa, la capilla donde celebrar los ritos y enterrar a sus muertos, apellidos expresivos con ánimo de perduración, escudos de armas de dudosa procedencia pero convertidos en emblemas que conectaban los imaginados orígenes con un proyecto de porvenir, por no hablar de las historias de gestas de antepasados remotos y los recordados méritos de otros más recientes y reales. En la lógica del sistema, el individuo quedaba supeditado al interés de la «casa», pero, en contraprestación, podía sentirse parte de algo mucho mayor que él mismo, un eslabón de una rica tradición que lo alimentaba y estimulaba, sobre la que apoyarse y en la que hallar una continuidad más allá de la muerte biológica.

Estas familias extensas y convencidas de su propia perpetuidad, sólidas y con una narración de sí mismas, han sido habituales en muchas sociedades del pasado. En la Europa del Antiguo Régimen fueron el modelo familiar por excelencia. La disolución de este paradigma empezó con el individualismo instalado en el pensamiento ilustrado del siglo XVIII y tuvo su momento de no retorno con las revoluciones burguesas. Desde aquel entonces hasta hoy hemos vivido otra era, de creciente predominio de lo que, sin entrar en ello, podemos etiquetar como modelo capitalista en lo económico y liberal en las relaciones sociales, en lo antropológico. Tendemos a ser entes cada vez más individualizados y la actual crisis de la fecundidad es en gran parte uno de sus resultados, como apunta críticamente el estadounidense Ross Douthat (3). De ahí que, no en vano, sea ahora cuando surge la fascinante reivindicación de la familia que es Feria, la magnífica opera prima de la joven periodista manchega Ana Iris Simón (Campo de Criptana, 1991), escrita con un estilo fresco, ágil, encantador, y que constituye algo así como unas memorias familiares o una suerte de ensayo con apariencia de novela de autoficción. Es un libro que aborda múltiples asuntos de interés, aunque lo que lo vertebra es la recreación de su universo familiar en retrospectiva, el de sus abuelos y abuelas, tíos y primas, y su propio hermano.

Ana Iris (permitidme que rompa la regla optando por el nombre en lugar de por un apellido con género engañoso), diario de infancia en mano e ilustrándonos con una selección de su álbum de fotos familiar, narra, con chispa, agilidad, gracia y decidida ironía, la historia de sus abuelos maternos, feriantes con los que de niña pasaba los veranos en su carromato; de su madre, la Ana Mari, criada en aquel ámbito de libertad y despreocupación que le hizo no tener las habituales actitudes protectoras maternales; de su amplísima familia paterna, los Simones, decididamente comunistas, hasta el punto de llamar «la Sede» al salón donde aquella se reunía, convenientemente decorado con militantes carteles; y, en especial, de su padre, ese «ateo monoteísta» al que de crío le hacían cantar el Cara al Sol en el colegio y que luego, al contarle la historia a su hija, hacía una leve omisión en la letra, que venía a decir, así, «Cara al Sol con la camisa nueva que tú bordaste, rojo, ayer»; su padre, cuyo nombre no descubrimos hasta el final del libro y que emerge como un personaje complejo, de múltiples capas y al que, junto con la autora, acabamos la lectura deseando conocer.

Al retratar o recrear la vida de su infancia y primera juventud, en torno a los pasados años 90, intensamente inserta en los vínculos de la familia extensa y en el contexto de los pueblos toledanos y manchegos, logra Ana Iris un poderosos efecto evocador. Quien esto escribe se ha visto reflejado en esa intrahistoria familiar, en ese «mundo de ayer». Llaman la atención los numerosos paralelismos. Menciona Ana Iris que los únicos animales que vio en una feria fueron los de un tiovivo de ponis, lo cual me hace recordar el mismo tipo de atracción que, como algo arcaico, de otra época, aún podía verse en la feria de Cabra allá por los últimos años 80. Dice que hacia 1996 viajó en coche desde Campo de Criptana hasta Ontígola «subida en las piernas de mi tita Arantxa», de igual forma que, por los mismos años, lo hacía mi hermana, en las rodillas de mi madre, cuando íbamos con nuestros abuelos de paseo dominical. Habla del perro Roly, de su padre, que «siempre estaba en el patio, nunca en casa, porque era un perro, no una mascota», y lo mismo puedo decir de la perra Ali, de mi abuelo, o de los varios que tuvo mi tío. Trae a colación expresiones que son toda una visión de la vida, como el «pagar los muertos», que era cumplir con el seguro de decesos, o el «"llegar a la universidad", como si la universidad fuera la Luna», pues, en efecto, así lo veían nuestros abuelos, siempre orgullosos de que sus nietos fuesen los primeros de la familia en haber conquistado esa, para ellos, lejanísima meta.

Pero la evocación coincidente que más me ha sorprendido es la afirmación de la autora de que cada vez que ve una mariposa blanca se acuerda de su abuela materna. Me pregunto si, como en mi caso, detrás de esa conexión hay alguna historia de la propia abuela en su juventud, sabiendo, como sucedía con la mía, que cada vez que veía una de estas mariposas iba a recibir una carta de su novio, mi futuro abuelo, por entonces un jovencito recluta en el protectorado español de Marruecos.

Esta recreación del mundo perdido de la gran familia de antaño, en una era de dispersión geográfica de sus miembros y de ínfimas familias nucleares, construido con una literatura poderosa, irónica y llena de humor, son las que me han fascinado y, como a mí, a un amplio público, que explica el éxito y las continuadas reediciones de esta obra, aparecida en la segunda mitad de 2020 y que a mediados de 2021 está alcanzando aún mayor notoriedad. Hay algo potente en la manera en que Ana Iris retrata su pasado y a sus antepasados, algo casi telúrico, una convicción que logra convertir sus historias en una auténtica mitología familiar. Cuando la leemos percibimos que algo así podría haberse hecho con nuestros propios pasados domésticos. Vicariamente, ella lo logra por nosotros, haciendo que sus familiares y las personalidades de estos adquieran unos perfiles fabulosos que me recuerdan, salvando las distancias de atmósfera y tono, la sensación que nos deja leer los textos de Juan Rulfo.

Pero hay más temas, decía. Hay, ante todo, una crítica recurrente al liberalismo individualizador y a sus imperceptibles cadenas. Hay, también, un cuestionamiento de la renuncia de la izquierda política a España, por ejemplo en una de las irreverentes conversaciones que rememora la autora, en este caso con su padre, cuando discutía con él «por qué los obreros no podíamos tener patria». Hay una fuerte autocrítica a su generación, la «de la clase media aspiracional, de esos pobretones que nos pensamos menos pobretones por vivir en los centros de las ciudades». Hay, en general, una visión no encorsetada, no políticamente correcta, y a la vez, creo, bastante lúcida y sensata sobre multitud de temas. Uno de ellos, el feminismo. Entre otras valoraciones, señala la contradicción inherente en arreglarse para una misma «en nombre del empoderamiento», como si la individualización hubiese llegado a tal extremo que no quisiéramos reconocer la evidencia de que nos ponemos nuestras mejores galas no sólo por nosotros mismos, sino también porque hay otros seres humanos.

A estas alturas es evidente que les recomiendo encarecidamente que adquieran y lean, cuanto antes, este delicioso libro. Soy parcial. No lo niego. La autora, cuya consecuente e inminente maternidad deseo feliz, me ha encandilado con su estilo, historias familiares e insospechadas coincidencias. Cuando conozco a alguien de una procedencia que me es ajena, de las primeras cosas que inquiero, para ubicarlo en mis coordenadas, es la población de su localidad. No es algo que me suelan requerir a la inversa. Y he aquí que Ana Iris afirma que siempre pregunta, también ella, «cuántos habitantes tiene un lugar». Como si lo de la mariposa no fuera bastante.

Ana Iris SIMÓN: Feria, Madrid, Círculo de Tiza, 2020, 220 pp.


(1) BEARD, M.: SPQR. Una historia de la antigua Roma, Barcelona, Crítica, 2018, p. 198.
(2) DOUTHAT, R.: La sociedad decadente. Cómo nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito, Barcelona, Ariel, 2021, 332, pp. 83-84.

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