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SIN INFANCIA, DAÑOS COLATERALES (II)

19.06.18 - Escrito por: Antonio Fernández Álvarez

Continuamos con el relato Sin infancia ... de nuestro colaborador Antonio Fernández Álvarez que les ofreceremos en cuatro entregas. Hoy la segunda parte.

SIN INFANCIA, DAÑOS COLATERALES (II)

Un grupo de jornaleros que acudían al tajo para la recogida de la aceituna consiguieron levantar al animal y consolar al niño que secaba sus lágrimas con el revés de su mano y se irguió para aparentar ser más alto.

- ¿Pequeño cómo es que vas solo con esta carga? Preguntó uno de ellos.

Explicó su situación. Y el que parecía ser el capataz ordenó a un zagal que iba con ellos que le acompañase hasta la entrada del pueblo y que luego volviese al tajo.

Dicho esto continuaron su camino al mismo tiempo que los chicos iniciaban la marcha.

Se sintió aliviado por la compañía de ese joven algo mayor que él, que también se veía obligado a trabajar a pesar de que sin duda tendría la edad de su hermana de doce años Margarita, que era la que hacía quinta de sus hermanos. Se había quedado al cuidado de su madre ya que sus hermanas Carmen la mayor falleció de fiebres tifoideas, Rosario la segunda murió unas semanas después de su nacimiento, Rafaela y Josefa se habían puesto a servir para aliviar la economía de la casa al menos hasta que su padre se recuperase.

Rafaela cumplió quince años un día de verano, recordaban que hacía mucho calor debería ser sobre finales de junio cuando terminaron de recoger los garbanzos de la finca del Sr. Campos, su madre se sintió indispuesta y llamaron a la matrona que para cuando llegó ya había nacido con la ayuda de una vecina, y Josefa catorce años haría para cuando fuesen a recoger las granadas, la verdad es que la fechas no eran importantes o casi nadie las recordaba solo los acontecimientos que sucedían en su vidas que siempre estaban ligados al trabajo que hacían que era todo lo que tenían.

Nunca hubiese consentido su padre que fuesen a servir, no quería ese trabajo para sus hijas pero las circunstancias habían cambiado tras la tragedia de los bombardeos que hasta las voluntades más férreas eran sometidas.

En sus reflexiones oyó como su acompañante le preguntó ¿cómo te llamas?,

-Rafael ¿y tú? dijo él seguidamente-.

Yo Pedro, le respondió el joven preguntándole ¿qué edad tienes tú?

-Tengo nueve años dijo muy orgulloso-

Yo doce y se dieron un apretón de manos a modo de saludo como habían visto hacer a sus mayores cuando se presentaban a desconocidos.

-¿Dónde estabas tú cuando tiraron la bombas se atrevió a preguntar Rafael?-

Por suerte acabábamos de salir de la plaza, mi abuelo nos recogió a mi hermana pequeña y a mí del puesto de mi abuela María y nos fuimos a hablar con D. Carlos para que me admitiera en el tajo en la recogida de las aceitunas junto con mi padre que es el manijero y quien te ha hablado antes.

-¿Y qué tal es ese trabajo?, mi padre me había dicho que este año iría a coger aceitunas con él, pero como está herido. El médico que le curó iba a cortarle una mano y nos fuimos todos con mi madre que está enferma y embarazada de ochos meses, los once hermanos que somos. Al pequeño lo llevábamos en el carrillo que usamos en el huerto, al dispensario, allí todos con una llorera que no veas conseguimos que el médico nos diera su palabra de honor de que haría todo lo posible por salvar la mano de mi padre y aunque solo hace una semana parece que evoluciona bien-.

¡Vaya! te iba a decir que hace mucho frío, por la mañana, como no encendamos alguna candela nos quedamos tan tiesos como las varas que llevamos para varear y que es muy jodido todo el día hasta que anochece y tener que ir y volver andando siete u ocho kilómetros, solo de ida así que a la vuelta te quieres morir, pero ya veo que tú también sabes lo duro que es trabajar, así que no más duro que tu trabajo. Por cierto a mí me gustaría ser hortelano pero mi padre se ha empeñado en que aprenda el oficio de barbero y cuando acabe las aceitunas me llevará a la barbería de Pepe la que hay en la calle del Ayuntamiento, para que aprenda el oficio, dice que es tan grande y moderna como una que hay en Córdoba en la calle Gondomar. ¿Tú que quieres ser de mayor?

Quedó sorprendido por la pregunta, ni tan siquiera sabía que podría elegir, siempre pensó que sería hortelano como su padre, pero cuando bajaba al pueblo y lo acompañaba, cuando entraba en algún bar siempre le llamaba la atención los camareros con su pantalón negro, su camisa blanca y un chalequito sin mangas también negro. En bares más elegantes que entraba con su padre cuando algún señorito lo llamaba para encargarle algún trabajo, había visto que algunos usaban una especie de pajarita de tela en el cuello de la camisa, le gustaba como le trataban y parecían más refinados que incluso algunos de los caballeros que allí se reunían a beber y tapear. Siempre pensó que era un buen oficio, pero no le había ni pasado por la cabeza y nunca su padre le había preguntado nada sobre su futuro. Así que respondió, no sé, solo el destino me pondrá en mi camino.

¿Qué respuesta es esa?, yo desde niño he querido ser hortelano como mi tío Juan que tiene una enorme huerta en los Callejones y cuando acabamos la aceitunas, el resto del año lo echamos trabajando para él, mi padre y yo. Sus hijos, mis primos son unos tiquismiquis no aparecen por la huerta nada más que en verano que vienen a bañarse a la alberca que tienen junto a la casa, pero yo tengo prohibido por mi padre acercarme, jajaja no saben que algunas noches cuando no puedo dormir por el excesivo calor que hace en el chamizo donde dormimos, voy y me baño desnudo.

Mis primos estudian en el Instituto - añadió Pedro muy ufano -, uno quiere ser médico y otro abogado.

-Me gustan los chicos que estudian en el Instituto asintió Rafael sin mucha convicción, porque un día pasé con mi padre, había anochecido y no habíamos ni desayunado ni almorzado y mi padre gritó: ¿colegial me puedes dar una miga de pan? mirando a una ventana del edificio y nos arrojaron unos bollos que aunque algo duros paliaron el hambre que teníamos hasta llegar a nuestra casa-.

CONTINUARÁ...........


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