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jueves, 19 de octubre de 2017 - 09:29 h

Brígida Jiménez Herrera

Redacción

JUAN SOCA CORDÓN

Antonio Moreno Hurtado

Tratado de microbiología p...

Antonio Suárez Cabello / B...

La rotulación de las calles

12.07.17 - Escrito por: Antonio Moreno Hurtado

La ordenación sobre la forma de rotular las calles se hizo en tiempo de la reina Isabel II. Una Real Orden de 25 de julio de 1846 ordenaba un "correcto alineamiento" de las calles.

Más interesante es la Real Orden de 31 de diciembre de 1858 que, entre otras cosas, obligaba a numerar las casas con azulejos blancos y números en azul cobalto.

Posteriormente, una Real Orden de 24 de febrero de 1860, del Ministerio de la Gobernación (Gaceta de Madrid, 28-02-1860, martes, nº 59, pp. 1-2) aprobaba las reglas para efectuar la rotulación de calles y la numeración de las casas. La Real Orden fue firmada por don José Posada Herrera, ministro de la Gobernación, en nombre de la Reina Isabel II.
Se ordenaba que en todas las Secretaría de Ayuntamientos se abriera un registro que expresara "el estado en que se encontraban las calles, la numeración de las casas, edificios y viviendas".
Debía recoger, también los nombres de calles, plazas, plazuelas y paseos, así como la colocación de placas a la entrada y salida de la calle, para su correcta identificación. También había que reseñar las posibles variaciones, para conocimiento general. Mandaba, por ejemplo, que se indicaran los números pares a la derecha y los impares impares a la izquierda, tomando como referencia alguna plaza importante o algún edificio relevante, como podían ser las propias Casas Consistoriales.

El número había de colocarse, obligatoriamente, por encima de la puerta principal de la casa. Lo pagaría el dueño de la casa y habría de ser uniforme en toda la población.

La lapidilla que indicara el nombre de la calle sería costeada por el Ayuntamiento.

En cuanto al campo, había de dividirse en "cuarteles rurales", de forma más o menos cuadrada, si el terreno lo permitía.

A efectos administrativos, "las travesías, callejones, arcos, pasadizos, cavas, carreras, cuestas, costanillas, subidas, bajadas, etc." estarían comprendidas en la categoría de calles, cuya denominación, con las de plazas, plazuela y paseos, convenientemente clasificadas, formarían "todas las vías de las poblaciones".
Como curiosidad, se exigía que el nombre de "paseo" solamente se pudiera usar para señalar una sola acera de aquellos parajes en que no se pudiera edificar en el lado fronterizo, por la existencia de un río o una muralla, por ejemplo.

Se recomendaba que se rotularan las calles con la denominación tradicional.

En cumplimiento de estas Órdenes, el Ayuntamiento de Cabra puso en marcha un plan de rotulación para las calles egabrenses.

Las apelaciones antiguas de las calles suelen tener un origen muy diverso. Unas veces proceden de la vecindad en ellas de algún personaje o alguna familia más o menos famosos en la localidad, como es el caso de la calle de los Merinos, la del Antillano, la del Bachiller León, la de Almaraz, la de don Diego de Avís, la de Alonso Vélez, la de Buitrago, la del barbero Mendoza, la del sastre Pedro Gómez o la de las Sandovalas.

Otras veces indican el camino para llegar a un sitio determinado, como la calle del convento de Nuestra Señora de la Concepción, la calle o cuesta de San Juan, la de la ermita de San Martín, la del Granadal Hermoso, la del Río de la Cueva, la de los Molinos, la calle de Baena, la de Priego, la de la Fuente de San Juan, la del Cauz o la del Arquilla del agua.

En algunas ocasiones, se trataba de identificarlas por la existencia en ellas de algún edificio singular, como la calle de los Hospitales, la de las Herrerías, la del Horno de la Villa, la de la Terzuela del aceite, la de la Tercia del pan, la del Horno de San Martín, la del Tejar de Taquinas, la del Horno Grande o la del Tinte.
O incluso la existencia en ellas de algún tipo de árboles como la de las Parras, la del Ciruelo, la del Mimbrón o la de los Álamos.

En muchas localidades, era usual tener una calle Mayor, la principal normalmente, en la que solían estar los edificios más importantes. Otra calle normal era la de la Carrera de los Correos, que era el recorrido oficial de los carros de postas, que llevaban la correspondencia a todos los lugares del Reino.

Curiosamente, en Cabra, hay pocas referencias a la Carrera de los Correos, que coincidía con las calles de San Martín y de Baena, aunque sí hemos encontrado algunos documentos que llaman a la actual Plaza Vieja, o Baja, la Plaza de la Carrera.

Como curiosidad, apuntemos que la calle de Santa Ana, por ejemplo, a principios del siglo XVI, era la que llevaba desde la calle de Almaraz a la ermita de ese nombre, aunque luego se le diera esta denominación a la calle nueva que se hizo, a finales del siglo XVI, entre esta ermita y el camino de Priego.

Pero, hacia el año 1860, se cometió en Cabra el error de hacer las rotulaciones con ciertos cambios, a causa, generalmente, de la deformación del habla popular.

Así, la calle rotulada como Andovalas, era en realidad la calle de las Sandovalas, originariamente conocida como del Albaicín.

No está demostrado que recibiera el nombre de Albaicín porque una mayoría de sus habitantes iniciales tuviera un origen morisco, como también hay que descartar que el nombre se empezara a usar con la llegada de moriscos a los estados del duque de Sesa, como resultado de la revuelta de Granada.
Desde principios del siglo XVIII, la calle del Albaicín se conocía ya como calle de las Sandovalas, en homenaje a las hijas de Nicolás López de Sandoval, natural de Cañete de las Torres. Nacido en el año 1675, su nombre completo era el de Nicolás López Fregenal de Heredia y Sandoval. Vino a Cabra al servicio del duque de Sesa, con el cargo de Contador. Casó en Cabra con María de la Sierra Ortiz Villalón, en el año 1698. Tuvieron ocho hijos. Dos hombres y seis mujeres. Unas jóvenes, al parecer, bastante atractivas, que pronto iban a dar su apellido a la calle en que vivían.

Aunque la calle ya se empezaba a conocer como Sandovalas, de vez en cuando se seguía citando documentalmente el Albaicín, sin especificar si se trataba del barrio o de la calle.

El día 28 de mayo de 1723, ante el escribano Antonio Romero de Porras, don Diego Jiménez y doña Rosa Cabello venden al Hospital de Jesús Nazareno unas casas que tienen "en el sitio de las Sandovalas". Lindan con el Hospital y con casas de Francisco Cabello Casas. Se venden en el precio de 650 reales de vellón. Para mayor seguridad, los vendedores hipotecan unas casas que tiene en la calle de la Terzuela, linde con la Tercia del aceite por la parte de abajo y con casas de Tomás Martín Higueruelo, por la de arriba.

El día 29 de octubre de 1744, la Escuela de Cristo compró a doña Josefa Martín Higueruelo unas casas, en la calle de las Sandovalas, para ampliación del Hospital. Era viuda de don Cristóbal de Figueroa y madre del arquitecto egabrense Antonio de Figueroa. En la escritura, otorgada ante el escribano Antonio Romero de Porras, se indica que las casas "miran al campo y puente de ella" y que lindan con los corrales y casas de la Escuela de Cristo. Se tasan en 800 reales de vellón, que paga fray Juan Ambrosio Roldán, en nombre de la Escuela. Era Padre Obediencia, por entonces, el clérigo don Jerónimo Zabán y Hurtado.

Al parecer, cuando se ordena la rotulación de las calles de Cabra, el nombre de esta vía se había deformado popularmente en Andovalas.

La explicación es muy sencilla. El pueblo había hecho una aspiración de la "ese" final, como era y es costumbre, incluso hoy, en que mucha gente pronuncia /loh ombreh/ en lugar de "los hombres". De manera que "las Sandovalas" se convirtieron en /lah andobalah/

Algo distinto ocurrió con la calle del Antillano, hoy conocida como de Santa Rosalía. Esta calle se llamó, durante siglos, calle del Antillano, en recuerdo de un Juan Borrallo que había intervenido en la colonización de Centroamérica y que era conocido en Cabra con este seudónimo.
La calle de Alonso Vélez se denominó así en homenaje a un importante vecino de Cabra, alcalde ordinario en varias ocasiones y donante de un cortijo para la obra del convento de Santo Domingo, hacia el año 1560.
En un momento determinado, posiblemente por una mala interpretación del nombre manuscrito "Ueles" o "Uelez", se comenzó a interpretar como Uclés, lo que condujo al error en una rotulación más o menos reciente.

El Semanario de Cabra, en el año 1893, pedía al Alcalde que se reparara cuanto antes "el piso de la calle de Alonso Velez, Alonso Uclés o como se llame". O sea, que, por entonces, se usaban indistintamente las dos denominaciones.

Por ese tiempo, la actual calle de Cervantes todavía se conocía como calle de las Herrerías.

Al principio la denominación tenía un sentido social, cultural o histórico, pero luego degeneró en algo puramente político e incluso revanchista, como sucede en la actualidad en demasiados lugares de España.

Sería interesante que, para que los avatares políticos o culturales no nos priven del conocimiento de las antiguas denominaciones de las calles del casco histórico, se ideara un sistema que permitiera mantener el nombre antiguo, al tiempo de honrar a algún personaje o acontecimiento, más modernos, que merezcan la distinción.

En algunos lugares hemos encontrado preciosos mosaicos con la inscripción "Antigua calle de ...", seguida de un texto, más abajo y en soporte removible, que suele indicar "Hoy dedicada a ...".

enlaces de interés

https://books.google.es/books?id=7NOiBQA...
LAS CALLES DE CABRA - Autor Antonio Moreno Hurtado

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